Ustedes se imaginan donde siendo niños, con la capacidad de asombro que correspondió hasta mi generación (más o menos) hubiésemos visto Toy story??? Por lo menos yo, todavía estuviera guardando mis juguetes de niña. Todavía los estuviera acostando a dormir todas las noches y más aún me levantaría a arroparlos por las noches.
Entre otras cosas, ahora que caigo en cuenta, valga decir que no recuerdo ninguno de mis juguetes, de pronto alguien de mi familia pueda ayudarme con este tema. Pero bueno, puede ser que ninguno de los que tuve era mejor que jugar con mis hermanitos (tengo 2, mayores que yo y siempre serán mis hermanitos) y, en consecuencia, lo segundo tomó el lugar de lo primero en mis recuerdos. Seguramente si hubiera existido en esa época un Buzz Lightyear para niñas o tan siquiera algo similar, mis hermanitos lo hubieran agradecido porque de pronto así se hubiesen desencartado para jugar futbol o montar en bicicleta tranquilos sin estar yo ahí de pegote. Niña, y fuera de eso más chiquita… qué pereza para ellos. De todas formas, no cambiaría tener dos hermanos por haber estado llena de juguetes que seguramente hoy recordaría.
En fin, el caso es que sentimientos tan humanos como celos, solidaridad, ilusión y desilusión son representados por juguetes que cobran vida. Como no recordar a Woody el Sheriff temeroso de perder su lugar de preferencia en el corazón de Andy cuando en su cumpleaños llega el imponente Buzz Lightyear un astronauta que se cree astronauta y busca incansablemente su nave que lo tendrá que llevar de regreso al espacio, hasta que reconoce que es apenas un juguete. Vaya desilusión para todo un astronauta: Un juguete?
Se acuerdan de Sid?, el niño psicópata vecino de Andy que tortura a los juguetes?. Cómo no relacionar a este maquiavélico niño con los hermanit@s menores que muchos de ustedes tienen. Aquel inoportuno bebé, que llegó justo cuando usted ya era el dueño del mundo y justo se enamoró de sus juguetes, esos que usted había podido conservar intactos por varios años. Si, sus favoritos. Recuerda cómo terminaron en las manos de su hermanit@ menor?. Ahora si recuerda a Sid??
Luego de toda una lección de trabajo en equipo, liderazgo y solidaridad que vimos en la número 2, en la que mientras Andy va a un campamento de verano sus juguetes luchan por rescatarse y evitar ir a un museo, nos llega una mala enseñanza para el desapego en la número 3. La preocupación del equipo de juguetes por su futuro es evidente. Mientras Andy se prepara para ir a la universidad, su madre propone clasificar sus pertenencias para decidir qué hacer con ellas. Tan bellas las mamás!! Creen que pueden botarlo o regalarlo todo. Cuando no es que lo botan o lo regalan sin autorización expresa de su dueño, o sea uno, es que creen que debe ser “arreglado” y empiezan a “arreglar” jeans rotos, botas de pantalón deshilachadas, en fin, todo lo que se les atraviese. Luego, explicarles que lo que han hecho es un daño, es todo un drama familiar. Para ellas, un roto siempre necesitará una “puntadita”. No insista en algo diferente porque seguro pierde. Es así como esta mamá, supone que una bolsa llena de juguetes, los juguetes de toda la vida de Andy, irá a la basura.
Finalmente, llegan a Sunnyside una guardería que en realidad es una prisión de juguetes controlada por Lotso un oso malvado, que al estilo de una cárcel americana de esas que uno ve en televisión, dirige la suerte de todos los juguetes del lugar. Es un matón dueño de la dinámica carcelera. Lo mejor, cuando Buzz, accidentalmente, se configura con personalidad de español y baila flamenco… divino!. Lo más triste cuando luchando por la libertad los juguetes caen en un basurero y luego en una planta incineradora. Todos ellos, cogidos de las manos, derrotados por la inminencia del fuego arrancan más de un suspiro de los espectadores.
Los juguetes, en uso de su buen “retiro” y fieles a su razón de ser, quedan en manos de Bonnie, con quien jugarán de ahora en adelante. Un “Gracias Chicos” por parte de Andy, resume todo un conjunto de sentimientos y recuerdos al lado de sus juguetes preferidos.
Ya que no recuerdo ningún juguete, un “gracias chicos”, de mi parte, resume todo el amor por mis hermanitos.